Mi Precioso Hijo, Jonathan

By
Cristina Rabadan-Diehl
A family photo of the aother, wearing a printed dress and purple scarf, with her husband and two sons, wearing shirts and ties

Last year, I participated in a local event commemorating International Overdose Awareness Day. I stood on a podium together with other moms who had lost their children. Those who have suffered the ultimate loss.

My beautiful son, Jonathan, had died of an opioid overdose just two months before that event.

Jonathan struggled with addiction for about a decade. But we only learned about the science of addiction during the last year or so of his struggle. We learned that our son was sick, that his substance use had highjacked his brain and changed it. How was it possible that I didn’t know these facts for so long?

I had the wrong idea about people with substance use disorders.

I am originally from Spain and immigrated to the United States over 30 years ago. Growing up, in my country, people felt more comfortable talking about alcohol than other drugs. Spain had a terrible heroin epidemic when I was a teenager, yet drug addiction is something we don’t talk much about. I also had the wrong idea that people with substance use disorders come from broken families, and are surrounded by violence, poverty, bad friends. So when my son started smoking marijuana, I thought it was a phase, that he was just experimenting. He was a good person, smart, very well liked, with great friends and growing up in an educated, middle class, and stable family. But the disease doesn’t discriminate and slowly started to take over my son’s life and ours, like a silent killer, without us noticing it. Jonathan was very good at hiding his disease.

I take a lot of pride in my Hispanic heritage.

I insisted that my children learn my language, my culture, like our food, and value our traditions and family. Jonathan was proud of his ability to speak Spanish. People liked him and accepted him as one of theirs, although sometimes they would lovingly tease him on his accent from Spain. He would just laugh with them, with a sparkle in his beautiful green eyes, not minding a bit. He was generous, funny, kind and loyal.

Denial and ignorance about this disease is very common, but I wonder how much in my case it was influenced by my background. It is so hard for everyone, no matter where you live, but perhaps for those of us who speak a foreign language there is an element of insecurity and a culture barrier. We need to talk about this disease openly in order to break the stigma. We shouldn’t be ashamed or hide the truth. There is information out there, and people who can listen and can help. We just have to reach out and speak up.

Jonathan’s death has given me the courage to do that because I want to help.

Since he died, I also talk a lot with him, always in Spanish. I know he is watching because sometimes I can feel the warmth of his gaze and the light of his smile.

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El año pasado participé en un evento local que conmemoraba el día internacional de la concienciación de la sobredosis. Estuvo de pie en el podio, junto con otras madres que habían perdido a sus hijos. Aquellas que habíamos sufrido la pérdida final.

Mi precioso hijo, Jonathan, había muerto de una sobredosis de opiáceos dos meses antes del evento.

The author's son, in a white t-shirt, cooking in a large pot

Jonathan batalló contra la adicción durante más de una década, pero sólo supimos sobre la ciencia de la adicción el último año.. Aprendimos que nuestro hijo estaba enfermo, que el uso de sustancias había llegado a su cerebro y que lo había cambiado. ¿Cómo era posible que yo no supiese eso durante tanto tiempo?

Tenía la idea equivocada de las personas que tienen el trastorno del uso de sustancias.

Yo soy de España e inmigré a los Estados Unidos de América hace ya más de 30 años. Creciendo en mi país, la gente entonces se sentía más cómoda hablando sobre el alcohol que sobre otras drogas. Pese a que España tuvo una epidemia terrible de heroína durante mi época de adolescente, el tema de adicción a drogas no es algo de lo que se hable mucho. También yo tenía la idea equivocada de que las personas que padecen el trastorno de abuso de sustancias vienen de familias rotas, y que están rodeadas de violencia, pobreza, y malas amistades. Así que cuando mi hijo empezó a fumar marihuana, pensé que era una fase, que estaba solamente experimentando. El era una buena persona, inteligente, muy querido por los demás, con grandes amigos y había crecido en una familia estable, de clase media, y con educación. Pero la enfermedad no discrimina y poco a poco empezó a apoderarse de la vida de mi hijo, y de la nuestra, como un asesino silencioso, sin que nos diéramos cuenta. Jonathan también era muy bueno a la hora de ocultar su enfermedad. 

Me siento muy orgullosa de mis orígenes hispanos.

Insistí mucho que mis hijos aprendiesen mi idioma, mi cultura, que apreciaran nuestras comidas, que valoraran nuestras tradiciones y sobre todo a la familia. Jonathan estaba orgulloso de su habilidad de hablar español. Le caía muy bien a la gente de habla hispana y le aceptaban como a uno de ellos, aunque a veces cariñosamente se metían con él por su acento de España. El simplemente se reía con ellos, con un destello es sus preciosos ojos verdes, sin importarle en absoluto. Era generoso, divertido, amable y leal. 

La negación y la ignorancia sobre esta enfermedad son muy comunes, pero me pregunto si en mi caso pudieron haber influido también mis orígenes. Es muy duro para cualquiera, no importa de donde se sea, pero tal vez para aquellos de nosotros que hablamos una lengua extranjera existe un elemento de inseguridad y barrera cultural. Hemos de hablar de esta enfermedad de forma abierta para romper el estigma. No debemos de avergonzarnos ni ocultar la verdad. Existe información, hay gente que escucha y puede ayudar. Sólo tenemos que abrirnos y hablar. 

La muerte de Jonathan me ha dado el coraje para hacerlo porque yo también quiero ayudar.

Desde que murió, hablo muchísimo con él, siempre en español. Yo sé que él me observa porque, a veces, puedo sentir el calor de su mirada y la luz de su sonrisa.  
 

Cristina Rabadan-Diehl is a Shatterproof Ambassador. Cristina Rabadan-Diehl es una embajadora de Shatterproof.